¿Por qué nos gusta tanto?
«Nada es tan doloroso como ser como todo el mundo» Honoré de Balzac
Otro día igual que el anterior se va apagando, y es ese el momento en el que uno decide otorgarle valor a unas 24 horas que consideró estériles. De esta manera tomé el control y pase de la tranquilidad que pregona Intratables para mirar el nuevo «programa de Fantino». Cambié, y lo hice con mesura y expectativa, sensación que mantenemos al ver todo lo que presenta esta unificación de cadenas de deportes devenida en monopolio.
Había desconectado de la realidad para ver fútbol, así de sencillo. Pero todo cambió cuando aprecié el cenital que filmaba el estudio y aprecié la inconfundible cabellera canosa medio calva en el interior que significaba el regreso. No quise anticiparme, pero cuando lo presentaron y vi su rostro nuevamente en un programa deportivo, todas las sensaciones anteriores se transformaron en asombro y obnubilación total. Y me sumergí por completo, claro.
Estuve dos horas escuchando a un dream team del periodismo deportivo reunido en un solo programa discutiendo a los gritos con chicanas, frases hechas, planteos insólitos y una parte del repertorio de anécdotas que ya tiene organizado Ruggeri para cualquier lugar al que lo invitan, y al mismo tiempo estallando de la risa en Twitter con tanta gente que estaba siguiendo el programa en vivo. Al rato, me puse a reflexionar sobre cuál había sido mi motivación para estar compenetrado con eso y, como suelen ser los pensamientos después de un instante de desconexión total, resultaron ser preocupantes. Entonces ¿Por qué disfrutamos tanto esto?
En principio, el sentimiento de desánimo fue arropado por la satisfacción de no ser el único que fue abstraído por el show. El pertenecer a un nicho de personas que al parecer esperó este momento con ansias, tener el conocimiento de lo que se habla, entender las referencias y los códigos es en definitiva lo que lo hace un segmento de audiencia. Obviamente está el público que lo miró genuinamente porque quería o se lo encontró haciendo zapping y que probablemente sean de los que les hablan al televisor para discutir a la par con los que aparecen en pantalla o de los temas que plantea el programa con los que tiene al lado. Pero aquí lo interesante son los «otros» que saben que todo eso es un show, que se montó una mini opereta a Tinelli, los que no podemos creer el personaje de Fantino y su incredulidad sobreactuada, los que admiramos la capacidad sobradora e intelectual de Niembro y separamos, si es posible, la obra del artista, los que padecíamos la participación de Miguel Simón junto con él, los que sabemos porque está ahí Ruggeri pero seguimos largando carcajadas con sus anécdotas; y a pesar de todo eso lo seguían disfrutando.
Tampoco es cuestión de justificaciones ni de ubicarse en un escalón superior al resto, todo lo contrario. Se trata de entender a ese segmento y de diversificar este debate, ya que ocurre en diferentes situaciones y es un auténtico fenómeno de las sociedades posmodernas. Es en las redes sociales dónde ha ganado su lugar y su forma más usual de ser expresado es a través de los jóvenes que lo han adoptado como el soporte para relacionarse con la cultura impuesta a la fuerza por el mercado.
Esto no es algo nuevo, pero ha virado y se ha intensificado con los nuevos medios y la posibilidad de hacerlo con más personas en tiempo real. Naomi Klein en su libro «No Logo» del 2001 afirma: «En los inicios del consumo irónico hay una cierta forma de resistencia ante la irrefrenable expansión del mercado, ante la imposibilidad de evadir la obligación de consumo perpetuo que mandan las sociedades en las que vivimos”. La realidad es que a esta altura, el mercado, cual Don Draper con los hippies en Mad Men o la fabricación de remeras del Che Guevara, ha sabido sobreponerse a aquella incipiente contracultura y utilizarla para sus beneficios porque ya no es la ama de casa que se ríe y comenta con su marido, es el hijo de ese matrimonio compartiendo memes y retuiteando sobre un reality de pasteleros.
Eugenia Mitchelstein, directora de la carrera de Comunicación de la Universidad de San Andrés, publicó en la revista Anfibia un trabajo que se llamó Peligros y placeres del consumo irónico en el que dijo: «El consumo irónico también sirve para subrayar el capital cultural del espectador: mira Contrafuego, la serie policial producida y protagonizada por Baby Etchecopar, pero sabe que es mala, se mofa de los actores, los guiones y la fotografía. Los consumidores irónicos pueden sentirse por encima del producto consumido, pero también, de quienes lo disfrutan de manera genuina».
Allí se encuentra la clave. Era inevitable sobrevolar el concepto de consumo irónico y su relación con la inquietud en cuestión, pero lo más interesante es el análisis que podemos hacer de nuestro comportamiento ante la estimulación constante por devorar contenidos culturales en esta cuarentena. La introspección es, a la vez un recurso catártico del cual podemos examinarnos y avergonzarnos por actitudes ínfulas y despreciables, a las que tal vez después recurramos nuevamente porque somos esto. La necesidad de sentirnos superiores intelectualmente -quizás el mayor de los orgullos- por un rato.
¿Qué más divertido que reírse en grupo de un programa que trae del exilio televisivo a un periodista que se robó 21 millones? Así condenamos la decadencia de la tele y sus injusticias, con ironía. Pero nuestro flechazo de inteligencia no será valorado más que por nosotros y nuestros pares porque la audiencia carece de adjetivos. Todo suma. A los productores, dueños, patrocinadores les va a importar muy poco nuestro tweet ilustrado cargado de acidez mientras sigamos consumiendo su «basura».
Sigo pensando y cada vez más ultrajado creo estar. Sabemos que la nostalgia es un plus a la hora de vender tal producto y en las últimas semanas con la vuelta de la Copa Libertadores el pedido de la vuelta de la dupla Closs-Niembro a los partidos merodeó las redes. Las marcas y su triunfo se reflejan en la convocatoria a un famoso periodista olvidado para que haga una aparición fugaz y explosiva. Cuando nosotros fuimos, ellos ya fueron y vinieron.
No hay ninguna estafa. Es la caída a la realidad que ocasionaron dos horas de eso, aunque, de nuevo, la pertenencia hace parecer todo más liviano. Como vimos, a pesar de que este comportamiento de comerse la empanada avisando de todas formas que se sabe lo que contiene adentro ya existía, los medios digitales lo han potenciado enormemente con ejemplos como el disparador de este texto. Porque no podemos no estar mirando o leyendo una declaración de Amalia Granata sin compartirla con todo aquel que nos rodee haciéndole saber lo ridícula que fue.
a difusión luego finaliza sin el fin que nosotros esperábamos porque la ironía con la que expresamos nuestra burla o indignación hacia la modelo termina necesitando de una comunidad interpretativa. Nada resta. En resumen, la subestimación que tanto tenemos que hacer notar concluye erigiendo a la persona a medida que se divulga su pensamiento o simplemente su nombre. Parece que hubo bastante gente que no entendió el tono sarcástico y depositó a Granata en la Cámara de Diputados, y desde aquí podemos seguir con el presidente de Brasil, entre otros. Nuevamente, no hay distinción en las intenciones, es difusión/consumo se entienda o no.
Dos horas de show por semana hasta diría que es menester ya que últimamente analizar el fútbol de manera pretenciosa acompañado de un palabrerío insoportable se ha instalado, pero para modificar el paradigma actual de los medios también es imprescindible que los usuarios manden un mensaje contundente, que cambien de canal y apoyen a los contenidos que realmente valen la pena. Es una rueda: los dueños generan lo que consumen sus usuarios. Las cantidades son inabarcables y hablamos de un hecho que posee la capacidad de ilustrar de manera lúdica a la sociedad actual junto a sus valores predominantes. Todos lo hemos hecho alguna vez queriendo demostrar muchas veces algo que probablemente no somos. La urgencia por aparentar y hacer valer nuestro narcisismo acaba trayendo a colación disputas obvias alentadas por la polarización en redes sociales que suprime cada vez más los conceptos profundos prevaleciendo sensacionalismos. Debemos elevar la vara por nuestra cuenta y dejar de mirar para despreciar.

